viernes, 3 de febrero de 2017

"Vamos a bajar los impuestos al trabajo para generar más empleo"

Deseaba creer que todo era una increíble coincidencia, 
porque las alternativas a la coincidencia eran extrañas y aterradoras.
Dean Koontz
En su primera entrevista, el flamante ministro de economía lanzó esta frase, dejando en claro que el gobierno sigue sosteniendo que la rebaja de los impuestos no solo es necesaria sino que además es beneficiosa para la economía. Veamos qué dice la evidencia.
A nivel mundial, hay una buena cantidad de trabajos que muestran que la reducción de los aportes y contribuciones en una diversa cantidad de países no lograron aumentar el empleo (Argentina en 1994/1999, Chile en 1981, Perú en 2003/2008, Suecia en 2002, Finlandia 2003/2012, Turquía 1998/2004/2005, Estados Unidos, Japón y la Unión Europea 1990-2008). Resulta llamativo que uno de los que investigó ese tema y llegó a las mismas conclusiones sea… el propio viceministro de Dujovne[1].
De todos modos, debería alcanzar con lo que sucedió en nuestro país, uno de los casos paradigmáticos por lo drástico de las reducciones, para no volver a insistir sobre lo mismo.
A fines de 1993, en el marco del “Pacto Federal para el Empleo, la Producción y el Crecimiento”, se da inicio a la reducción sostenida de las contribuciones patronales a través de una serie de decretos (2609/93, 372/95, 492/95, 1520/98, 96/99). Esto provocó que, entre 1994 y 1999, se redujeran más del 50% (Beccaria y Galin, 2002). Durante el mismo período el desempleo aumentó 48,4%, llegando a 13,8% en 1999[2].
Gráfico 1. Contribuciones y Desempleo.
 Además es importante destacar que uno de los principales problemas que trajo aparejada la rebaja de las contribuciones fue el desfinanciamiento de las prestaciones previsionales y la caída del peso relativo de las contribuciones en el financiamiento de dichas prestaciones. Entre 1993 (antes de la implementación de la medida) y 1999, la participación de los aportes y contribuciones en el financiamiento de las prestaciones se redujo 34,9 p.p. Como contrapartida, eso fue reemplazado por otros impuestos, transformándose en uno de los principales problemas de solvencia fiscal (Cetrángolo y Grushka, 2004).

Gráfico 2. Financiamiento de las prestaciones sociales como % del PBI
Ahora bien, si esto no funcionó acá ni en el resto del mundo, la pregunta evidente que resuena es por qué se quiere volver a insistir con lo mismo. La respuesta podría encontrarse en la reducción del gasto previsional, que es financiado en gran medida por los aportes y contribuciones (aproximadamente el 68%) y que en la actualidad representa casi el 40% del gasto primario del Sector Público Nacional. 
Tal como sucedió durante los años 90, la reducción de estos componentes provocaría el desfinanciamiento de la Seguridad Social, otorgando al gobierno el argumento para reducir las jubilaciones y/o incrementar la edad jubilatoria.
Se debe recordar que la famosa “Ley de reparación histórica”, además de ser criticada con estos mismos argumentos, le puso fecha a la discusión sobre la reforma previsional: 2019. 
¿Coincidencia o estrategia aterradora?

Nota: Versión libre y resumida en base a un trabajo que publicamos acá.



[1] Esto se desprende del trabajo titulado “Payroll Taxes, Wages and Employment: Identification through Policy Changes”, que se encuentra disponible en: https://goo.gl/7PvdE9

[2] Desde ya que no se puede establecer una relación causal entre la reducción de los aportes y la suba del desempleo sin controlar por otras variables. No obstante, el modelo económico actual presenta una tendencia similar a la configuración de la Convertibilidad: apertura comercial, reducción de impuestos, achicamiento del Estado, endeudamiento externo y tendencia a la apreciación cambiaria.

viernes, 27 de enero de 2017

Evolución de la economía - Diciembre 2016

En diciembre, la economía continúo mostrando algunos brotes verdes, aunque la recuperación está lejos de ser sólida. La inversión no ha abandonado su piso de manera definitiva, y el consumo sigue esperando a ser arrastrado por un repunte del salario real que todavía se hace esperar.

El empleo privado registrado continua su retracción, y las señales de reversión de la tendencia son todavía leves. Si bien pareciera que las preocupaciones por la caída en el nivel de empleo empezaron a ganar espacio en las agendas oficiales, la solución que plantean las autoridades (flexibilización de los convenios, y la reducción de las cargas patronales) es más dogmática que pragmática, y las recetas que se propician han demostrado ser completamente ineficaces.

El gobierno cumplió con sus metas fiscales para 2016 gracias al blanqueo de capitales. Si bien el cambio de autoridades en Economía planteó, desde lo discursivo, un mayor compromiso para con el achicamiento del déficit fiscal, todavía resta esperar si en un año electoral el oficialismo está dispuesto a acelerar el ajuste de las cuentas públicas, o si el giro es en realidad más retórico que programático.

Por lo pronto, el gobierno comenzó el año con un fuerte endeudamiento externo, que buscó anticipar la toma de poder de Trump. Para incrementar sus márgenes de acceso a los mercados, el equipo económico volvió a avanzar en la desregulación de los movimientos de capitales, aumentando una vez más el grado de fragilidad financiera de la economía argentina.


Las expectativas de inflación volvieron a aumentar en diciembre, alejándose aún más de las metas del BCRA. Estas son malas noticias para el gobierno, que hizo una apuesta fuerte por empezar a coordinar expectativas a partir de los objetivos de inflación de Sturzenegger. El panorama luce incierto en un contexto en que la política monetaria se vuelve más expansiva y la escasa tolerancia a la apreciación del tipo de cambio se hace evidente.

Mirá el informe completo acá.

lunes, 2 de enero de 2017

Odisea Dujovne: Metas, expectativas frustradas y el ajuste pendiente.

Elaborado por el Instituto de Trabajo y Economía (ITE).

Hace prácticamente un año, el Gobierno de Mauricio Macri presentó lo que serían las metas económicas de su gestión para los 4 años de su gobierno. El encargado de realizar tal anuncio fue el entonces Ministro de Hacienda y Finanzas Públicas, Alfonso Prat Gay.

La idea subyacente en la presentación era dar a conocer a la sociedad el programa económico de Cambiemos, junto con una serie de métricas contra las cuales sería posible evaluar el conjunto de políticas que encararía el nuevo Gobierno. Pasados 12 meses (y con un cambio de ministro en el medio), resulta conveniente repasar como evolucionaron las principales variables en relación a las metas definidas por el gobierno.

Inflación

En lo que fue probablemente el error de diagnóstico más importante de todo el programa presentado, Prat Gay había anunciado una meta de inflación entre 20% y 25% para 2016. El supuesto que fundaba esta posición era que la inflación de 2015 ya tenía incorporada la devaluación de casi el 40% que había generado el Gobierno al desregular completamente el mercado de cambios [1]. Por supuesto, tal error de diagnóstico también intentaba ser funcional a la estrategia de contención salarial que impulso el Gobierno en sus primeros meses de gestión.

En cualquier caso, luego del salto cambiario la inflación se aceleró marcadamente. El ajuste en las tarifas en Abril reforzó esta dinámica y el aumento en los precios superó el 40% anual y de acuerdo al Relevamiento de Expectativas del Mercado (REM) [2] del BCRA se espera que el año cierre en estos niveles, muy lejos de la meta anunciada.

 Para los próximos años, los actores del mercado parecen convencidos que el Gobierno logrará llevar la tasa de inflación a niveles sensiblemente inferiores a los vigentes, aunque todavía se espera que para 2019 la inflación observada casi duplique la meta estimada por el gobierno (9,3% vs 5%).

Por la forma de razonar que ha presentado el BCRA bajo elesquema de Metas de Inflación, esta expectativa garantiza por si sola que el sesgo monetario será marcadamente contractivo en los próximos años, situación que no parece incomodar al Gobierno dados los escasos cuestionamientos internos al actual presidente de la autoridad monetaria. 


Déficit fiscal

El programa de “ajuste a dos velocidades” implícito en los anuncios de Prat Gay asumía distribuir la carga fiscal [3] a lo largo de los 4 años de gestión para llegar al equilibrio primario en 2019. A tal fin, se postuló una secuencia de reducción del déficit de 1,5 puntos del PIB por año, comenzando con un desequilibrio de 4,8% en 2016.

Ya al momento de anunciar el Presupuesto 2017, el Gobierno reconoció que la meta de 3,3% fijada para 2017 no sería cumplida, incrementando la estimación del déficit a 4,2% del PIB para ese año, pero asumiendo todavía el compromiso (algo difuso) de cumplir los objetivos del programa en los años subsiguientes.

Si el objetivo buscado al anunciar las metas fue el de coordinar las expectativas del sector privado, el objetivo no estaría siendo cumplido ya que las estimaciones de déficit primario capturadas por el REM mantienen el déficit cerca del 4% del PIB hasta 2018 (último dato disponible), muy lejos del escenario original presentado por Prat Gay.



Inversión

El supuesto fundamental de todo el esquema presentado por Prat Gay era que el ajuste fiscal gradual, en un marco de reducción en la inflación y liberalización cambiaria impulsaría fuertemente la inversión privada y por esta vía, la productividad global de la economía empujando el crecimiento desde el lado de la oferta.

En el programa presentando, la tasa de inversión en términos del producto llegaría a 23,8% en 2018, sumando casi 3 p.p. en solo 3 años. Sin embargo, estos datos deben tomarse con cierta precaución porque fue presentando antes de que el INDEC diera a conocer las nuevas estimaciones de CCNN.

Es por ello que si tomamos la trayectoria esperada de la tasa de inversión en el Presupuesto 2017 podemos tener valores acordes con los datos de INDEC. Nuevamente, se observa que la apuesta al crecimiento tirado por la inversión se sostiene en las estimaciones del Gobierno.


Sin embargo, para los analistas del mercado financiero, este “optimismo” inversor del Gobierno es exagerado y aun cuando se considera esperable alguna recuperación en la tasa de inversión, la magnitud del aumento sería sensiblemente inferior a la esperada por el Gobierno. De hecho, cabe observar que la tasa de inversión esperada en el Presupuesto 2017 luce de difícil cumplimiento aún para el año en curso.


Esperando el milagro

El programa de metas presentada por Prat Gay a principios de 2016 para los cuatro años de gestión macrista muestra el sobre-optimismo y error de diagnóstico que caracterizo el primer año de Cambiemos en materia económica. La dificultad para reducir la inflación a niveles objetivo, la persistencia de un déficit primario considerado peligroso para los actores del sistema financiero y una inversión estancada suman al desconcierto generado por una economía que no termina de arrancar.

Si bien el Gobierno se ha esforzado por comunicar que la salida de Prat Gay no implica un cambio en las políticas, es posible que ante la falta de resultados el Gobierno se recueste más fuertemente sobre los fundamentos ideológicos de su gestión, poniendo límites al gradualismo fiscal que parecía defender el ministro saliente.

En este sentido, la elección de Dujovne no resulta inocua. En efecto, uno de los ejes de sus críticas a la gestión de Prat Gay fue la falta de metas cuantificables para señalizar una trayectoria de ajuste fiscal que permita anclar las expectativas privadas, situación sobre la cual el Gobierno ha comenzado a poner mayor énfasis en las últimas semanas.

Para el saber económico dominante, las expectativas tienen propiedades casi mitológicas: pueden generar una baja pronunciada en la inflación sin contracción en el producto, o volver expansivo un ajuste fiscal. De ser así, deberíamos esperar de parte del nuevo Ministro de Hacienda anuncios y políticas más concretas de reducción del déficit para los próximos años. Queda por conocer que velocidad impondrá Dujovne al ajuste por venir.

Notas

[1] Recientemente, el FMI analizó empíricamente este punto concluyendo que el tipo de cambio oficial (y no el paralelo) contiene la información relevante para analizar la dinámica inflacionaria. IMF Country Report No. 16/347, Selected Issues, Pág.74. Noviembre 2016.

[2] Estos indicadores de expectativas deben tomarse con alguna precaución ya que capturan solo la visión de bancos y consultoras, omitiendo actores relevantes en la dinámica de formación de precios de la economía.

[3] Entendemos como ajuste fiscal a la reducción del déficit, es decir, de la diferencia entre gastos e ingresos. Nada de esto implica que la estrategia de reducción de gastos e impuesto que inició el Gobierno en 2016 puede tener en sí misma, efectos contractivos en la actividad, aun cuando no implique un cambio en el resultado. Sin embargo, estos impactos resultan de segundo orden en relación a un ajuste tradicional.

sábado, 31 de diciembre de 2016

Somos tantos que al dolor lo convirtió en alegría

Por un 2017 mejor.





Como un cuento que no terminaba, 
el futuro nos traicionaba, 
tanto tiempo sin creer, 
creímos no creer en nada. 

Un viento fresco vendría 
abriendo paso, curando heridas, 
somos tantos que al dolor 
lo convirtió en alegría. 

La intuición y el corazón 
le resisten a la mentira, 
es la fe, la nueva fe, 
como una estrella que nos guía. 

Un surco se abrió en el continente, 
para sembrar nuestro sueño de siempre, 
qué lindo mostrarle al mundo qué bien se siente 
este abrazo. 

Sueño loco que nos abraza 
por cordilleras, ríos y playas, 
para seguir caminando 
los niños al hombro, viaja la esperanza. 

Un surco se abrió en el continente, 
para sembrar nuestro sueño de siempre, 
qué lindo mostrarle al mundo qué bien se siente 
este abrazo latinoamericano. 


jueves, 29 de diciembre de 2016

Black Mirror, la alegoría de la caverna y las redes sociales.

“El espejo negro (black mirror) del título es lo que usted encontrará en cada pared, en cada escritorio, en la palma de cada mano: la pantalla fría y brillante de un televisor, un monitor, un teléfono inteligente."

No suelo escribir sobre series televisivas. Aunque hoy en día es un tema sumamente interesante que está en boca de todos. ¿En qué sobremesa o reunión con amigos no se habla de House of Cards, Game of Thrones, o la propia Black Mirror?

El auge de las series explotó en los últimos años, de la mano de la tecnología en general, y de Netflix en particular, dada la facilidad para ver en un capítulo en cualquier lugar y momento del día. Es probable que también haya contribuido su formato. En mi caso, cada vez que decido ponerme a mirar algo y dudo entre una película o una serie, termino optando por esta última porque “dura una horita”.

De cualquier modo, fueron pocas las series que disfruté tanto como Black Mirror. Tiene todo lo que busco en una serie: pocas y cortas temporada (3 temporadas hasta ahora, máximo 6 capítulos por temporada) y capítulos unitarios. Las series largas por lo general terminan estirando el argumento, y eso hace que se vaya perdiendo el entusiasmo inicial y que termine dejándola por la mitad. Hay excepciones, como por ejemplo Breaking Bad. Dexter también podría ser, aunque en el medio hay alguna temporada de más.

Pero lo más importante es que es de esas historias que obliga al que la está mirando a tener que reflexionar sobre cuestiones que por lo general no se pone a pensar; bien porque las da por sentadas y se da cuenta que no era así (como por ejemplo cualquier buen documental que busca causar eso, se me viene a la cabeza Inside Job); porque muestran visiones alternativas y viables a las que uno sostiene (como por ejemplo el tema de la educación de los hijos en Captain Fantastic o de los alumnos en Whiplash); o porque le incomoda a uno pensar en eso, ya que se da cuenta que lo que está viendo muestra una visión crítica de algo que uno replica en su vida.

Black Mirror toca todas estas cuestiones en diferentes capítulos. Y lo hace siempre mostrando los aspectos negativos que trajo, y que podría traer, la tecnología. Hay uno en particular que me impactó notablemente, en parte porque lo vi hace muy poco, que es el primer capítulo de la última temporada, Nosedive (cuya traducción sería “en picada”). A los que todavía no lo hayan visto y pretenden hacerlo, recomiendo no leer lo que sigue; de todos modos voy a tratar de hacer la menor referencia al capítulo en sí, para detenerme más que nada en el mensaje.

Lo que más me impactó fue la manera sencilla de mostrar un mundo donde se puede controlar a las personas tan solo a través de una aplicación de teléfono que globaliza y determina las pautas y códigos morales que rigen el comportamiento la sociedad. Para ponerlo en criollo: cada persona debe esmerarse por lograr que el resto apruebe las cosas que hace y dice, y para eso cada uno puede calificar lo que haga/diga/suba a la aplicación el resto. Nada nuevo hasta ahora: Esta es la misma dinámica que rige en Facebook o Instagram, donde uno sube cosas buscando que el resto le ponga “me gusta”, y cuántos más logre, mejor.

Una primera diferencia “futurista” es que las personas tienen en sus ojos un dispositivo que permite identificar automáticamente a la persona que tiene al lado, lo que hace mucho más fácil y masiva la calificación. Por ejemplo, si uno viene caminando y un auto se le tira encima, el peatón puede calificar negativamente al conductor de manera instantánea. La segunda y más importante diferencia es que esta aplicación tiene un mecanismo muy efectivo para obligar a que toda la sociedad la utilice: beneficios y castigos. Para acceder a la compra de una casa en cierto barrio se debe contar con un puntaje mínimo, lo mismo que para acceder a un trabajo o mandar a tus hijos a cierta escuela. Las personas con puntajes bajos son vistas como parias de la sociedad. Así, de manera tan sencilla como es la de que todo el mundo tenga una aplicación, el mundo funciona. Ni siquiera la policía tiene que usar la violencia, basta con bajarle el puntaje de manera preventiva a la persona hasta que compense su mala conducta.

Eso es lo genial de este capítulo. Toca una gran cantidad de cuestiones, todas muy profundas vinculadas con el comportamiento de la sociedad. Muestra una visión crítica de las redes sociales, que no serían otra cosa que una versión reducida a escala de cierto comportamiento del ser humano. Esto de vivir la vida para el resto, es decir, haciendo cosas buscando el reconocimiento del otro, a partir de lo que la sociedad considera correcto o apropiado. Este tipo de comportamiento ególatra, pero a la vez de sumisión, existió siempre, aunque la llegada de las redes sociales lo potenció notablemente. Hoy en día sabemos de gente que murió por hacer una “selfie”.

Y si no me creen que existió siempre, podemos remontarnos hasta el año 380 a.c., momento aproximado en el que Platón escribe la Alegoría de la Caverna. No me voy a detener a explicarla, aquel que esté interesado, puede leerla siguiendo el link. Lo que me interesa marcar es que dicha alegoría se puede reinterpretar a la luz de lo que sucede en el mundo actual. Eso mismo es lo que hace A. Carpio en su libro sobre los principios de la filosofía (p. 98)[1]. Cierro con la cita textual, porque lo explica de manera muy clara. Además es muy interesante lo que dice al final.

La situación en que encuentran los prisioneros es la situación con que comienza nuestra humana existencia: comenzamos estando como "dormidos", es decir, "olvidados" de lo que en realidad somos -el olvido, para Platón, de que nuestro verdadero ser no es el ser físico, sensible, corporal, sino nuestra alma. Pero si estos términos de "alma" y "cuerpo" -sobre todo entendidos como entidades diametralmente opuestas- parecen expresiones poco adaptadas a los problemas y al contexto de nuestro mundo contemporáneo (mundo que, entre otras cosas, se caracteriza por un profundo desconocimiento de todo lo que tenga sabor a cosa religiosa, porque el hombre contemporáneo carece de sentido para lo sagrado, lo cual, entiéndase bien, no implica necesariamente ninguna "fe" determinada), puede expresarse lo que dice Platón con ayuda de otra terminología.
Con expresiones de la filosofía de la existencia, se dirá entonces que, en primera instancia, y ante todo, vivimos en el anonimato, en el olvido de nosotros mismos, porque en nuestra vida diaria somos, no nosotros mismos como auténticas personalidades libres, sino que nos encontramos sometidos al poder de un tirano impersonal, que en términos sociológicos puede denominarse "la gente", y que en términos filosóficos llama Heidegger el "se" o el "uno" (cf. Cap. XIV, § 10). En efecto, en la mayor parte de nuestros actos no nos comportamos como personas autónomas que libremente deciden hacer esto o lo otro, sino que hacemos lo que la "gente" hace; compramos un aparato de televisión o nos cortamos el cabello de cierta manera, porque "la gente" ve televisión, porque "se" usa tal corte de cabello, uno compra tal semanario presuntamente intelectual porque es lo que "se" lee.
Se trata entonces de actitudes, inclusive de "ideas", que se adoptan por una especie de imposición del medio social en que se vive; y en todos esos casos es el "se", el impersonal, el que decide, y no nosotros mismos; y esa tiranía o dominación impide entonces que llevemos una existencia auténtica, nos impide descubrirnos en lo que nosotros mismos somos, y oculta nuestra verdadera realidad con la especie de máscara que nos impone. Y es preciso no perder de vista que el impersonal no sólo dicta las modas en materia de ropas o peinados, sino que también hay modas en el campo de las ideas, esto es, ideas impuestas por "la gente": son muchos, en efecto, los que participan de determinadas ideas políticas porque son las ideas políticas de moda, lo que "queda bien", lo que ahora "se" piensa -como si el impersonal pudiese pensar, y olvidando que el pensar es siempre eminentemente personal.





[1] En alguna de las tantas notas al pie de “La filosofía y el barro de la historia”, Feinmann critica fuertemente este libro aduciendo errores. Tengo muy poco conocimiento sobre este tema como para compartir o no la crítica, pero justamente por mi falta de conocimiento puedo decir que el de Carpio me resultó un gran libro para introducirse en ese tema, no así el de Feinmann.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Los números y la aritmética de la deuda

Originalmente públicado en el Cash de P12.

El cambio de gobierno no solo significó un cambio rotundo en la política económica sino también en su análisis e interpretación. Esto se presenta como un desafío para los economistas, ya que demanda esfuerzos mayores para entender la nueva realidad económica por la cual está atravesando el país. Algunas variables que antes no eran consideradas tan relevantes pasan al primer plano, mientras que en otros casos, sucede lo contrario. Eso implica, además, que las relaciones entre las distintas variables agregadas pueden sufrir modificaciones, obligando a repensar y a estudiar con mayor profundidad estas cuestiones.

Un claro ejemplo de lo anterior es el tema del endeudamiento.  Su análisis requiere, en primer lugar, desenmarañar entre una madeja de emisiones hechas por distintos sectores (Público Nacional, Provincial o Privado), en distintas monedas (pesos, dólares, euros) y con diferencias en la residencia (interna o externa) de los tenedores.

Según el Observatorio de la deuda del Instituto de Trabajo y Economía (ITE) de la Fundación G. Abdala, durante el año el Gobierno Nacional ha colocado deuda por 49.325 millones de dólares. El 65% de esas emisiones fue realizado en moneda extranjera, mientras que el 35% restante fue en moneda local. Además, una parte de esas emisiones fueron utilizadas para el pago a los fondos buitres, mientras que otras (algunas de las Letras del Tesoro emitidas) vencen este mismo año.
Al tomar en consideración estas cuestiones, lo que se desprende es que en lo que va del año la deuda del Sector Público aumentó aproximadamente USD 34.470 millones. Esto se obtiene luego de descontarle al total de las emisiones los vencimientos de las Letras y el pago de títulos para todo 2016. El 72% de ese aumento corresponde a deuda denominada en moneda extranjera, mientras que el 28% restante está denominada en pesos. Un dato no menor que advierte el ITE es que la deuda contraída en estos 10 meses implica que por los próximos 10 años habrá que pagar USD 2.000 millones más de intereses, por cada año.

¿Cuál fue el destino de esa deuda? Principalmente se utilizó para financiera el déficit de la Cuenta Corriente y la demanda de moneda extranjera del Sector Privado, mientras que el resto fue acumulado por el Banco Central (las reservas internacionales aumentaron USD 12.300 millones). Por ahora esto no fue utilizado para impulsar la inversión pública, ya que en el acumulado del año se observa una reducción en las partidas del gasto público nacional destinadas a la inversión, que en términos reales supera el -28% anual.

Se debe destacar que una parte de este endeudamiento se debe al escaso entusiasmo que por ahora manifestaron los capitales internacionales con el cambio de gobierno. Durante el primer semestre del año la Inversión Extranjera Directa fue de USD 1.290 millones, en línea con la evolución de los años anteriores (el promedio 2010-2015 fue de USD 1.300 millones). Es decir, el gobierno debió recurrir al endeudamiento externo porque, hasta ahora, las inversiones extranjeras no aparecieron.

Ahora bien, ¿esto es mucho o poco? Para medir eso por lo general se recure al ratio deuda/PBI, que permite comparar entre países y además reflejaría la capacidad de pago de cada economía. Al tomar el stock de deuda actual, y la estimación del PBI a precios corrientes y el tipo de cambio para fin de año del presupuesto (para obtener el PBI en dólares), lo que se observa es que ese ratio se mantiene prácticamente constante en relación a fines de 2015 (49,6% y 50,5%, respectivamente). Es importante destacar el cambio de composición, ya que el ratio de deuda en moneda extranjera crece 2,3 p.p. mientras que el de deuda en moneda local se reduce -1,4 p.p.

¿Cómo se explica que aumente el endeudamiento pero que el ratio se mantenga prácticamente constante? Para eso hay que descomponer la variación en tres efectos.

En primer lugar, el efecto cantidad (+). Un aumento del stock nominal de la deuda incrementa directamente el ratio. Como se mencionó anteriormente, la deuda aumentó casi USD 35.000 millones, lo que implica una expansión del 16%.

En segundo lugar, el efecto cambiario (+). Un aumento del tipo de cambio reduce el PBI en dólares, lo que implica un aumento del ratio. Si bien el tipo de cambio tiene un efecto sobre el endeudamiento en moneda local, dada su reducida participación en el total de la deuda (33%) no alcanza a compensar el efecto sobre el PBI. A partir de un tipo de cambio estimado en 15,5 para fin de año, la devaluación sería del 19% respecto de diciembre del año anterior.

Un aspecto importante a destacar es que la metodología –histórica- empleada por la Secretaría de Finanzas para calcular el PBI en dólares se basa en el último dato disponible del tipo de cambio, y no en el promedio del año. Esto significa que para el ratio de deuda de 2015, el tipo de cambio utilizado fue de 13,01 (es decir, posterior a la devaluación que llevó a cabo el gobierno). De utilizar el tipo de cambio al 10 de diciembre, el ratio sería de 37,4%, lo que implica un aumento de 13,2 p.p. entre un año y otro.

En tercer lugar, el efecto precios (-). Un incremento de los precios se traduce automáticamente en una expansión del PBI, reduciendo el ratio de la deuda. Según el presupuesto, en 2016 el PBI a precios corrientes va a aumentar 35%, y eso se debe exclusivamente al aumento de los precios (ya que en términos constantes se contrae -1,5%).

De lo anterior se desprende que el ratio se mantiene constante debido al efecto compensatorio que tiene el efecto precio (que reduce el ratio -35%) en relación al aumento de la cantidad de la deuda (+16%) y la devaluación de la moneda (+19%).


En suma, lo que este ejercicio trata de mostrar es que el ratio de deuda/PBI está muy influenciado por la dinámica de los precios y del tipo de cambio, además del monto nominal de la deuda. Ante un escenario (factible) de ingreso de deuda, con la consecuente apreciación real del tipo de cambio y algo de crecimiento, este ratio probablemente muestre un crecimiento moderado en los próximos años. Eso no significa que dicha dinámica sea sostenible, dado que podría derivar en una devaluación real del tipo de cambio, que aumentaría rápidamente ese ratio, como quedó claro al observar su comportamiento ante el cambio de gobierno.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

La inflación no baja y la economía no repunta

Luego de que en agosto se llegó a pensar que la actividad, la inversión y el consumo habían comenzado un sendero levemente expansivo, en septiembre volvieron las malas noticias, dado que los principales indicadores mostraron niveles de caída similares a los de mitad de año.

A pesar de haber cerrado el frente externo-financiero para lo que resta de 2016, a través de una masiva colocación de deuda externa, el horizonte económico está lejos de lucir despejado, dado que el gobierno no ha logrado consolidar la baja de la inflación y la economía no repunta.


En este escenario, la política monetaria contractiva parece mostrar limitaciones para bajar la inflación por la vía de la apreciación cambiaria, mientras que su impacto recesivo en la actividad puede estar más activo que nunca. Primero, porque las tasas altas inducen a las empresas a financiarse a través de impuestos, reduciendo el espacio fiscal. Segundo, porque en los últimos meses el principal proveedor de divisas no fueron las inversiones financieras atraídas por las altas tasas, sino la colocación de deuda pública.


De cara a 2017, será clave seguir como reaccionan el consumo y la actividad al último tramo de los acuerdos paritarios, que caen entre noviembre y enero del año próximo. Como factor de riesgo de mediano plazo para la política económica, debe sumarse el nuevo panorama global, signado por el resultado de las elecciones en EEUU.

La profundidad y la persistencia de la recesión tienen consecuencias no solo por el lado de la demanda, sino también por el de la oferta. Esto es así porque la caída de la actividad tiene a su vez implicancias graves para el entramado productivo, la industria local y el empleo. En el presente informe elaboramos una “Radiografía de la Industria”, que analiza las consecuencias microeconómicas de la política de Cambiemos.

Finalmente, la evolución del empleo sigue atada a una economía estancada. Como aspecto llamativo, vale la pena destacar que la composición del empleo privado registrado se volvió un claro reflejo de los impactos sectoriales de las políticas del gobierno: la apertura comercial perjudica al sector industrial, mientras que la contracción de la obra pública en el empleo de la construcción. El sector servicios se mantiene estable, mientras que el empleo del sector primario crece.

Pueden ver el informe de coyuntura completo del ITE acá.

lunes, 21 de noviembre de 2016

viernes, 11 de noviembre de 2016

¿Cómo viene la política fiscal?

En lo que va del año, el gasto primario se incrementó 29,8%, aunque en términos reales eso significa una contracción aproximada de -4,4%. Al analizar las principales partidas, lo que se observa es que eso está explicado casi en su totalidad por el ajuste en los gastos de capital, que muestran una caída de -1,4% (y de -27,7% en términos reales).

El resto de las partidas principales aumentaron por encima del gasto primario: Prestaciones de la Seguridad Social (38,0%); Transferencias Corrientes al Sector Privado (36,6%); Remuneraciones (33,4%). Los datos de septiembre profundizan esta tendencia, dado que las principales partidas aceleraron su ritmo de crecimiento, impulsando al gasto primario, mientras que el ajuste en los gastos de capital es aún mayor[1].
Lo que se observa entonces es que la contracción del gasto, pero fundamentalmente aquel destinado a inversión pública, es uno de los factores que explica el retroceso en la actividad.

Esto se ve confirmado cuando se analiza el impulso fiscal del Sector Público Nacional, que fue negativo durante los primeros 6 meses del año y luego se revirtió en el tercer trimestre. Lo que mide el impulso fiscal es la inyección neta que realiza la política fiscal. Si, por ejemplo, al mismo tiempo se aumenta el gasto público $100 pero se aumentan los impuestos por $100, el impulso se mantiene constante (con lo cual, para que el impulso sea positivo tiene que crecer más el gasto que los ingresos, cosa que puede suceder aumentando el gasto y/o recortando los impuestos).

En el acumulado, el impulso fiscal fue nulo (-0,03% del PBI) y la explicación radica en que, si bien durante este año hubo una marcada desaceleración de la recaudación, lo que contribuye positivamente como muestra la parte naranja  (tanto por la caída en la actividad como la quita de retenciones), esto no alcanzó a compensar el menor dinamismo en el gasto primario, cuya reducción terminó haciendo que el impulso fuese nulo (la parte verde).

Impulso fiscal - Trimestral y acumulado anual, en % del PBI.

En relación con su impacto en la actividad, la política fiscal no solo estaría impactando negativamente por el menos nivel del impulso sino también por el cambio en su composición, ya que el multiplicador fiscal de la política tributaria es menor que el del gasto.

La contrapartida del bajo impulso fiscal es un leve aumento del déficit fiscal primario (+0,2 p.p. del PBI en el acumulado de los primeros 9 meses). Esto estaría explicado fundamentalmente por la merma en la recaudación, y en menor medida por la contracción del PBI y del gasto. 

Se debe destacar que, a pesar del incremento en el déficit, el análisis de las partidas según su grado de flexibilidad estaría indicando que el gobierno tiene intenciones de reducir el gasto. Además de la contracción en los gastos de capital, también se observa una marcada desaceleración en lo que va del año en Bienes y servicios (2,8% nominal) y en Otros gastos corrientes (-43,0%), mientras que los gastos más inflexibles a la baja son los que sostienen el nivel del gasto público (Seguridad Social, Transferencias Corrientes al Sector Privado y Remuneraciones, mencionados previamente). La única excepción está dada por las Transferencias Corrientes a Municipios y Provincias, que se expandieron 115,3% y eso se debe en gran parte a la devolución de los recursos de la coparticipación destinados a la ANSES.

En definitiva, lo que se observa hasta ahora es que el Sector Público no ha jugado un rol contracíclico en la recesión actual; en realidad, es probable que esté contribuyendo a la caída de la actividad. Esto se debe más que nada a un cambio en la composición de la política fiscal (tanto en la contribución global, medida por el impulso fiscal, como en la composición del gasto), más que a la clásica implementación de un severo ajuste.
Originalmente publicado acá.



[1] El notable aumento de las Transferencias Corrientes al Sector Privado se debe más que nada a una baja base de comparación, dado que el aumento del gasto de septiembre se encuentra en línea con los meses anteriores (+11,4% en relación al trimestre anterior), mientras que para septiembre de 2015 se observa una caída (-13,4%). Sumado a eso, el fallo de la corte había dejado sin efecto el recorte a las tarifas de los servicios públicos.

domingo, 23 de octubre de 2016

El salario no es una medida de competitividad (II)

(Segunda entrega sobre la relación entre salarios y exportaciones, la primera acá).

Aun suponiendo que el gobierno logre ganar esa primera batalla, y que para 2017 se alineen el crecimiento de los salarios, el tipo de cambio y los precios, resta analizar cómo es que esa mejora en la competitividad cambiaria se traduciría en un aumento de las exportaciones. Es decir, hay que analizar si efectivamente a partir de una devaluación –traducida como una reducción de los costos (salariales) en moneda extranjera- provoca un aumento de la cantidad exportada.

Lamentablemente esto no sucede en la realidad. Existe abrumadora evidencia empírica, sumado a diversos argumentos a nivel teórico que explican por qué una devaluación no genera un incremento en las exportaciones.

Bernat (2015) analiza la mayoría de los trabajos empíricos sobre las elasticidades del comercio exterior para los países de la región y muestra que el principal resultado es que las exportaciones presentan una elasticidad-ingreso marcadamente mayor que la elasticidad-precio[1]. Esto significa que las exportaciones responden cuando aumenta/cae la demanda de los socios comerciales y no así cuando se devalua/aprecia el tipo de cambio real (TCR).

Además de la evidencia empírica, existen varios argumentos teóricos que avalan lo anterior. En primer lugar, la canasta exportadora de los países de la región está compuesta mayoritariamente por productos primarios y por manufacturas basadas en recursos naturales, los cuales se caracterizan por tener una baja participación de insumos no transables, como el salario, en su estructura de costos. O sea, no mejora la “competitividad cambiaria”, porque el peso de los costos que se ven reducidos con la devaluación es bajo.

El resto de la canasta exportadora, cuyos componentes principales son las manufacturas (que a priori tendrían una elasticidad precio mayor), tampoco resultan sensibles al TCR debido a que en esos sectores existe una marcada heterogeneidad estructural a nivel firma, tanto en relación al mercado doméstico como al estado del arte internacional. De este modo, resulta probable que una devaluación del TCR no alcance a compensar la baja productividad relativa que se observa, tanto a nivel firma en relación a las grandes empresas exportadoras locales, como a las internacionales.

En segundo lugar, esta heterogeneidad en la estructura productiva se puede manifestar de otro modo que complementa la explicación de la baja elasticidad de las exportaciones en relación al TCR. Una devaluación genera que el precio de venta del producto exportado –medido en moneda local- aumente, mientras que los costos se mantienen. Esto significa, lisa y llanamente, un aumento del margen de ganancia por unidad exportada, lo cual no asegura que eso se traduzca en un aumento en la cantidad exportada.

Dada la heterogeneidad estructural presente en los países de la región (que implica que la mayor parte de las exportaciones sean realizadas por pocas empresas muy productivas), el moderado aumento que se suele observar en las cantidades exportadas podría estar reflejando, entonces, que las empresas exportadoras -que ya estaban instaladas en el mercado- absorben el impacto por medio del incremento de su margen de ganancia, mientras que algunas pocas y pequeñas empresas menos productivas logran ingresar al mercado externo.

Lo que se observa entonces es que la heterogeneidad estructural es uno de los principales elementos que explican por qué el TCR no resulta la herramienta adecuada para estimular el nivel de las exportaciones. Dadas las elevadas brechas de productividad existentes entre las principales firmas exportadoras y el resto, el nivel del TCR debería elevarse considerablemente para lograr que las firmas de menor productividad puedan competir en los mercados internacionales, lo cual probablemente ni siquiera pueda llegar a ser logrado debido a su incompatibilidad con los límites sociales que cada gobierno enfrenta (Dvoskin y Feldman, 2015).

Aun suponiendo que se pudiera sostener un TCR elevado, la multiplicidad de sectores que existen en una economía hacen que sea imposible utilizar esta herramienta para elegir aquellos que se desea impulsar. Una forma de presentar esto es a partir de la modificación del modelo de intercambio comercial con N bienes elaborado por Dornbusch, Fisher y Samuelson (1977) que realiza Chena (2015). El gráfico a continuación refleja la heterogeneidad estructural presente en los países periféricos. La variable Z, ubicada en el eje de las abscisas, determina el requerimiento unitario de trabajo relativo a los países centrales para cada bien, en forma decreciente (es decir, mide las ventajas comparativas del país periférico), mientras que en el eje de las ordenadas se encuentra la productividad y el salario relativo entre el país central y el periférico (mediados por el tipo de cambio nominal).
Gráfico 1. Comercio y especialización internacional


Fuente: Chena (2015).

Cada sector tiene un nivel de productividad distinto y solo van a exportar aquellos cuya productividad supere al salario relativo de la economía. Lo que se observa, entonces, es que habría un solo instrumento (el tipo de cambio) frente a una gama de posibilidades. Con lo cual resulta mucho más efectivo compensar las brechas de productividades a través de otros mecanismos más selectivos, como puede ser algún beneficio fiscal o financiero, por ejemplo.

Por último, la evidencia a nivel mundial tampoco avala esta supuesta relación entre exportaciones y “competitividad” salarial. Kaldor (1978) comparó el crecimiento de los costos laborales unitarios (CLU) y el crecimiento en la participación mundial de las exportaciones de 12 países para el período 1963-1975 y en varios encontró una relación positiva, infiriendo que no se podía identificar los determinantes de las exportaciones solo a través de la competitividad precio[2]. Posteriormente, varios trabajos confirmaron dicha relación para distintos países en diversos períodos de tiempo, mostrando que los factores vinculados a la competitividad no-precio son más relevantes para explicar las mejoras en las exportaciones (Fagerberg, 1996; Sanchez y Bermejo, 2006; Fagerberg, Knell ySrholec, 2007; Benkovskis y Wörz, 2014). Así, el aumento de las exportaciones estaría explicada fundamentalmente por factores distintos del precio, asociados a la calidad y el grado de diferenciación del producto (innovación, capacidades técnicas, productivas y comerciales, investigación y desarrollo, etc.).

La conclusión es evidente: si lo que se busca es aumentar las exportación, devaluar y bajar los salarios no sirve de nada.



[1] El autor analiza 14 trabajos que incluyen a Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Paraguay y Uruguay que van desde 1967 al 2013.

[2] El (CLU), medido como la participación del salario nominal en el producto a precios constantes, es simplemente la participación salarial en el PBI multiplicado por un deflactor de precios. Esto significa que una mejora en la competitividad, entendida como una reducción del CLU, es lo mismo que una baja en la participación del salario en el producto. Esto pone en duda la visión competitiva de que cuanto más bajo sea el CLU, mejor. Es posible que un mayor CLU (una participación salarial más elevada), lleve a una tasa de crecimiento mayor de la economía. Esto se encuentra en línea con la evidencia empírica que notó Kaldor (Felipe, 2005).