sábado, 15 de noviembre de 2014

III – Antítesis y ¿síntesis?

Continuamos con la serie de entradas sobre la tendencia de largo plazo (para las anteriores ver acá). En la última habíamos presentado la teoría marginalista y sus críticas.

Es en este contexto que Keynes realiza su crítica a la teoría de la escuela clásica[1]. El objetivo principal de la misma es demostrar que la economía no tiende al pleno empleo, y que entonces el equilibrio entre el ahorro y la inversión planeada se va a dar a través de un cambio en el nivel de ingresos. De lo anterior se desprende que va a hacer falta una nueva teoría que determine el nivel de producción y de empleo, y es aquí donde cobra relevancia la demanda efectiva:
Este libro (…) se ha convertido en lo que es: sobre todo, un estudio de las fuerzas que determinan los cambios en la escala de producción y de ocupación como un todo (Keynes 1936: 18).
Say implícitamente suponía que el sistema económico operaba al máximo de su capacidad (…). Casi toda la teoría económica subsecuente ha dependido, en el sentido de que ha requerido, de este mismo supuesto. Pero aún una teoría tan fundamentada es claramente incompetente para enfrentar los problemas del desempleo y el ciclo económico. Tal vez la mejor forma de expresarles a mis lectores franceses lo que sostengo en este libro es decirles que la teoría de la producción es un rompimiento definitivo con las teorías de J. B. Say (Keynes 1936: 30).
La crítica fue dirigida fundamentalmente a la determinación de la tasa de interés, dado que es el mecanismo principal de ajuste entre el ahorro y la inversión para la teoría. De este modo, Keynes afirma que la tasa de interés no es el factor que iguala estos dos elementos, sino que en realidad es el que equilibra la oferta y demanda del stock de dinero.
Una vez removido este mecanismo, Keynes plantea que la manera en que el ahorro y la inversión se terminan igualando ex post es a través de un cambio en el nivel de ingresos. Así, una menor inversión en relación al ahorro ex ante va a ser equilibrado a través de una contracción en el nivel de producto, y no a través de una caída en el nivel de precios como planteaba la teoría marginalista. Resultado necesario destacar que Keynes mantiene el primer postulado de la teoría clásica, por lo que la inversión va a depender de la eficiencia marginal del capital (que a su vez va a estar influenciada por la tasa de interés).
La clave de todo este proceso es, en principio, la inflexibilidad a la baja que presentan para Keynes los salarios. Esto es lo que no permite que se produzca una deflación en los precios, que es lo que terminaba provocando que la tasa de interés de mercado se equiparara con la tasa natural, logrando la igualación entre ahorro e inversión en la teoría marginalista[2]. Sin embargo, en el capítulo XIX de la Teoría General Keynes deja bien en claro que el mecanismo de ajuste no depende de este supuesto. Para esto, se centra en el único camino posible que permitiría restablecer el equilibrio a través de una caída de los salarios en su teoría, esto es, la tasa de interés. Allí afirma que solo en el hipotético caso donde la caída en los salarios no sea acompañada de una caída de la oferta monetaria (lo que provoca una caída de la tasa de interés real), se podría llegar a generar dicho mecanismo. No obstante, aun en ese caso este resultado sería moderado y/o contrarrestado por: a) el efecto negativo que provoca la caída de los salarios en el estado de confianza de la economía; b) la imposibilidad de la tasa de interés de reducirse al nivel necesario para restablecer el equilibrio, explicado por la teoría de la demanda de dinero introducida por Keynes (Garegnani, 1979).
A pesar de que la crítica de Keynes fue rápidamente aceptada por la comunidad académica, su teoría general no corrió la misma suerte. El conservadurismo reaccionó de manera eficaz, logrando relegar a la demanda efectiva al corto plazo y manteniendo la tendencia al pleno empleo (a través de la idea de que el ahorro determina la inversión) en el largo plazo. Esto fue posible debido a la debilidad de la crítica planteada por Keynes en torno al mecanismo de ajuste de la tasa de interés para equilibrar el ahorro y la inversión, dado que la misma se basaba fundamentalmente en las expectativas, algo que resulta incompatible con un equilibrio de largo plazo (Garegnani, 1979). De este modo, Hicks (1937) y Modigliani (1944) mostraron que efectivamente una caída de salarios (o una política monetaria expansiva) permitían que en el largo plazo se mantuviesen las premisas de la teoría marginalista. Se consumaba, así, la síntesis neoclásica donde, paradójicamente, la teoría de Keynes terminó siendo un caso particular de la teoría marginalista.

Bibliografía utilizada:
Keynes, J. M. (1936), Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, cuarta edición (2009), Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
Garegnani, P. (1979), Notes on consumption, investment and effective demand: II, Cambridge Journal of Economics, Vol. 3, pp. 63-82.
Hicks, J. R. (1937), Mr Keynes and the classics: a suggested interpretation, Econometrica, Vol. 5(2), p. 147-159.
Modigliani, F. (1944), Liquidity preference and the theory of interest and money, Econometrica, Vol. 12(1), p. 45-88.
Wicksell (1935), Lectures on political economy, vol. II, Londres: Routledge & Sons. 



[1] Para Keynes esta escuela no estaba conformada solo por Ricardo y sus predecesores sino que además incluye a sus continuadores: J.S. Mill, Marshall, Edgeworth y Pigou.
[2] Este mecanismo tiene su origen en la teoría de Wicksell (1935), quien afirma que existe una tasa natural de interés donde la demanda de créditos y el nivel de ahorro se igualan. A pesar de que en las economías capitalistas los bancos pueden responder a las variaciones de la demanda de crédito sin alterar la tasa de interés que cobran, esta última terminaría convergiendo a la tasa natural a través de un ajuste en el nivel de precios.

1 comentario:

  1. Muy buenas reseñas don Telechea

    Muchas gracias por la dedicación y docencia.

    Saludos

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