viernes, 5 de agosto de 2016

Noticias de ayer

Copio a continuación una síntesis impecable que describe la situación heredada y su vínculo con lo que vino después:

A la inversa que Tocqueville o Mill, que deploraban la apatía de los modernos, los liberales actuales se quejan del «exceso de democracia» surgido en estos años, o sea, el ascenso de las reivindicaciones igualitarias y el deseo de participación política activa de las clases más pobres y más marginalizadas. Según ellos, la democracia política sólo puede funcionar normalmente con cierto grado de «apatía y de no-participación por parte de ciertos individuos y ciertos grupos». Retomando los temas clásicos de los primeros teóricos neoliberales, llegan a reclamar que se debe reconocer que «hay un límite deseable para la extensión indefinida de la democracia política».
Esta llamada a poner «límites a las reivindicaciones» traducía a su manera la entrada en crisis de la antigua norma fordista. Esta última conjugaba los principios del taylorismo con reglas de reparto del valor agregado favorables a un alza regular de los salarios reales (indexados en función de los precios y las ganancias de productividad). Esta articulación de la producción con el consumo de masas se apoyaba, además, en el carácter relativamente autocentrado de ese modelo de crecimiento que garantizaba cierta “solidaridad” macroeconómica entre el salario y las ganancias.
Las características de la demanda (poca diferenciación de los productos, elasticidad elevada de la demanda en relación a los precios, progresión de los beneficios) correspondían a la satisfacción progresiva de las necesidades de los hogares en forma de bienes de consumo y equipamiento. De este modo el crecimiento sostenido de los beneficios, asegurado por el aumento de los incrementos en productividad, permitía que la producción masiva fluyera hacia mercados esencialmente domésticos. Sectores industriales poco expuestos a la competencia internacional desempeñaban un papel motor en el crecimiento.
La organización de la actividad productiva se basaba en una división del trabajo muy elevada, una automatización incrementada pero rígida, un ciclo de producción/consumo largo, que permitían obtener economías de escala sobre bases nacionales e incluso internacionales. Se comprende que tales condiciones harían posibles, en el plano político y social, equilibrios y ajustes que articulaban hasta cierto punto la valorización del capital con un aumento de los salarios reales. Pero luego el modelo «virtuoso» del crecimiento fordista tropieza con límites endógenos. Las empresas experimentan entonces un descenso muy sensible de sus tasas de beneficio. Esta caída de la «rentabilidad» se explica por el enlentecimiento en los incrementos de productividad, debido a la relación de fuerzas sociales y la combatividad de los asalariados, debido a la fuerte inflación amplificada por la recesión.
La estanflación pareció firmar el acto de defunción del arte keynesiano de «pilotar la coyuntura», que suponía el arbitraje entre la inflación y la recesión. La coexistencia de ambos fenómenos, altas tasas de inflación y de desempleo, parecía desacreditar los instrumentos de la política económica, en particular, la acción benéfica del gasto público sobre el nivel de la demanda y el nivel de actividad y, en consecuencia, sobre el nivel de empleo.
La nueva política monetarista se esfuerza precisamente por responder a los dos problemas principales que constituían la estanflación y el poder de presión ejercido por las organizaciones de asalariados. Rompiendo la indexación de los salarios en función de los precios, se trató de transferir la sangría producida por la crisis al poder de compra de los asalariados en beneficio de las empresas. Los dos ejes principales del vuelco de la política económica fueron la lucha contra la inflación galopante y la restauración de las ganancias empresariales. El aumento brutal de las tasas de interés, a costa de una severa recesión y un aumento del desempleo, permitió lanzar rápidamente una serie de ofensivas contra el poder sindical, recortar los gastos sociales al mismo tiempo que los impuestos y favorecer la desregulación.

Como mencionábamos al principio, lo anterior es una síntesis impecable que describe lo sucedido en las potencias mundiales durante 1960 y que sirve para entender lo que vino después…



No hay comentarios:

Publicar un comentario